Medio: Diario de Noticias
Fecha: 10 de noviembre de 2009
Octava de Mahler. Intérpretes: Orquesta del Teatro Mariinsky de San Petersburgo; Orfeón Pamplonés y Coro Amici Musicae con sus respectivas escolanías; Anastasia Kalagina, Lyudmila Dudinova, Victoria Yastrebova, sopranos; Zlata Bulycheva y Olga Savova, mezzosopranos; Sergei Semishkur, tenor. Alexei Markov, barítono. Yevgeny Nikitin, bajo. Directores de los coros: Andrés Ibiricu e Igor Ijurra. Directores de las escolanías: Isabel Solano y Juán Gainza. Dirección: Valery Gergiev. Programa: Octava sinfonía -De Los Mil- de Gustav Mahler. Programación: Fundación Baluarte y Orfeón Pamplonés. Lugar y fecha: Auditorio Baluarte. 4 de noviembre de 2009. Público: Lleno de no hay entradas.
Había un gran esfuerzo técnico-musical, económico y organizativo detrás de este concierto. A nadie se le escapa. El orden establecido en el escenario fue efectivo e inteligente. Las dos masas corales que exige la partitura, en perfecta y simétrica galería, estaban coronadas por la soprano que resume la redención final en el cielo. Las escolanías, metidas en cuña entre la orquesta hasta el pódium para que saliera la voz y ser mejor controladas por el director. Los solistas, en grupo polifónico. La orquesta sobrándose del escenario. Un tanto agobiada la percusión, el piano, la celesta, el órgano, las arpas… Una inmensa bocanada oceánica dispuesta a rugir, a explicarnos, exactamente, cómo será el sonido de las trompetas que anunciarán el fin del mundo, según el Apocalipsis de San Juan. Que para algunos eso es, la Octava Sinfonía de Mahler.
Pero, afortunadamente, en el podio estaba Valery Gergiev. El director ruso que deslumbra con las más esteparias dimensiones operísticas, desde la Khovanchtchina hasta Los Troyanos, que acaba de dirigir en Valencia, no cayó en el gigantismo. Y lejos de enfrentarse a las casi cuatrocientas personas que estaban en el escenario, con gesto aspaventero y arbolario, azuzando a la plebe, recató su gesto, dejó que la sobrecogedora venida del Espíritu Santo cayera de la partitura lo más limpia de fraseo y conjunción posible, y mantuvo un compás firme, autoritario, pero austero, reservándose más gesto para el detalle y el entramado orquestal, para desarrollar el abigarrado y profundo mensaje de súplica y redención. La única licencia que se permitió fue la de usar batuta. La segunda parte la perfiló, toda, con las manos. Una dirección siempre coral. A los solistas, a la orquesta, y a los coros, naturalmente. Personalmente, he visto a Gergiev dirigir, sobre todo, ópera rusa, y su dominio de la escena es asombroso. Aquí estuvo más pendiente de la partitura, pero trazó una lectura, de arriba abajo, fluida, dominada, sin que nada del enorme muestrario interpretativo se le escapara.
El coro arrancó con un Veni Creator tan rotundo, que desde ahí ya supimos que la obra estaba atada. Toda la antífona sonó con una extraordinaria brillantez. Incluso los fuertes, que, a veces parecen excesivos, no hacen sino responder a una escritura vocal endiablada, lo cual añade aún más mérito a los coralistas. En el otro extremo, el del canto del eterno femenino los pianos fueron vivos, envolventes, tanto a solo o en acompañamiento a la soprano, espirituales, despegados y volátiles. También surgió con nitidez y timbre propio -de eso se trata- la cuerda de escolanos. Ellos saben que esto no es un juego, sino una educación en la excelencia. Y estuvieron a la altura del resto.
En cuanto a los solistas, Gergiev trajo un cash esplendoroso, joven, pujante, con facultades, que deben enfrentarse a tesituras muy comprometidas y que cantaron con teatralidad justa, pero sentida, en los solos, y con polifonía mahleriana en conjunto. Todo con extraordinarias dimensiones sonoras. Como suele ocurrir en ópera, cuando viaja toda la compañía del Mariinsky, uno se sorprende del extraordinario nivel de solistas tan desconocidos. La orquesta demostró su calidad y su fama ofreciendo un sonido diferenciado, casi buscado para esta sinfonía, con una expresividad inédita tanto en los momentos más delicados de la cuerda, como en la rabiosa extraversión de los metales y la percusión. Con detalles en las arpas, o contrabajos de sonidos nuevos.
Nunca se había escuchado esta obra en nuestra ciudad. Es de difícil reposición. Así que, después de la extraordinaria versión, el público aplaudió casi diez minutos a los intérpretes. Se lo merecían. Empezando por Gergiev y su gran lección magistral de dirección. Y el resto, que han trabajado de lo lindo. Es un orgullo que el Orfeón Pamplonés y su escolanía sigan estando a la altura de las grandes orquestas y de las grandes obras.
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