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Mahler y apoteosis de 'Los Mil' con Gergiev. Por Fernando Pérez Ollo.

Medio: Diario de Navarra.
Fecha: 06 de noviembre de 2009

Mahler (1860-1911) dirigió el estreno de esta Sinfonía, fechada en 1906, el 12 de septiembre de 1910, en Munich. Fecha dorada en la historia de la música y de los conciertos. Alma Mahler, mujer del músico y dedicataria de la partitura, recordaba que "la tensión de todo Munich y de los extranjeros llegados para el concierto era increíble. Ya el ensayo general había sumido a todo el mundo en el entusiasmo, que rebasó los límites la tarde del concierto.

Cuando Mahler apareció sobre el podio de director, todo el público se puso de pie en silencio absoluto. Fue el homenaje más conmovedor jamás rendido a un artista. Yo estaba en un palco, casi desvanecida de emoción. Mahler, divino demonio, dominaba las masas colosales, que se transformaban en fuentes de luz. Cada uno de los presentes en la sala vivió una experiencia de fuerza inconmensurable." En la sala, decenas de famosos y notables, a los que debemos abundantes testimonios. Fue el mayor triunfo del compositor en toda su vida y su última actuación en Europa, pero Mahler llevaba la muerte en la cara, según Bruno Walter (1876-1962), su adjunto de dirección en Viena desde 1901 y mahleriano imprescindible. "Estaba muy envejecido y me dio miedo", atestiguó la gran Lilli Lehmann, doce años mayor que Mahler. Quizá era el mismo Bruno Walter el joven cuyas palabras recogió Richard Specht: "Va a morir pronto. Mirad sus ojos. No es la mirada de un triunfador de la vida, en busca de nuevas victorias, sino el hombre sobre cuyo hombro ha puesto la mano la muerte".

De los asistentes al acontecimiento, acaso el juicio musical más interesante sea el de Julius Korngold (1860-1945), critico estricto y padre de Erich Wolfgang: "Esta sinfonía tan noble, tan alegre y bella, me pareció revelar la transformación faustiana de Mahler y su ascensión a las más altas y puras moradas de la creación musical. Se elevaba por encima de sus contemporáneos, conquistada la distancia que otorga la muerte". Korngold, sin explicitarlo, señala las dos raíces de la sinfonía para solistas, coro doble y nutrida orquesta, -no con solistas y coros, según acota Marc Vignal, conspicuo especialista en el autor austrobohemio-, obra con dos partes, basadas en el Veni, Creator Spiritus y en la escena final, del segundo Fausto de Goethe. Dos textos separados por diez siglos y algo más importante, fundidos en una obra sutilmente unitaria, única y rara en los ciclos de conciertos, dadas sus exigencias de plantilla. "Los Mil", dijo la publicidad hace casi un siglo, pero hay que entender ese número como hoy el de las manifestaciones. Anteayer los mil no llegaban a cuatrocientos, una muchedumbre, sin duda, pero no demasiados.

Tarde histórica también aquí la de anteayer, por varias razones. En primer lugar, la versión, poderosa, impresionante desde el neto -sorprendente, diría- acorde inicial del órgano pleno -Volles Werk, indica Mahler- más chelos y contrabajos y el Veni, Creator Spiritusal canto final del "Eterno femenino que nos eleva" y "Todas las cosas efímeras", versión llevada en todo momento con pulso firme y sereno, atento y matizado. En ese resultado debemos resaltar la prestación del coro, rotundo, sin vacilaciones en los ataques, excesivo quizá en algún momento de los agudos, si no supiéramos que las voces afrontan un trato despiadado. Los coralistas pueden sentirse muy satisfechos de su trabajo. Cuando Gergiev hizo saludar los primeros a los escolanos no se dejaba llevar por sentimientos paternalistas. Los niños, particella en mano en medio de la orquesta, cumplieron perfectamente su papel: Mahler no es un fin de curso colegial. Y, en fin, la orquesta y los solistas rusos. La orquesta, (15,11,10,8 y 7 en la cuerda),espléndida toda la noche, con dos momentos inolvidables: la introducción, muy matizada y clara de textura,de la segunda parte, esos 166 compases cuajados de indicaciones expresivas, única sección orquestal de la sinfonía, y, en el último número, la exhibición de los metales, redondos y cálidos, bruñidos pero no hirientes. Y, en fin, los ocho solistas, jóvenes, frescos de timbre, estupendos de calidad vocal y de técnica -la primera mezzo, magnífi- ca- , con innegable sentido teatral en la expresión. Gergiev les hizo poquísimo caso, porque a estas alturas no debe necesitar abrumarles con indicaciones. Ocho voces aquí ignotas, oportunas para desbaratar falsas famas y contrastar aldeanerías paletas.

De lo dicho cabe deducir que el máximo protagonista de la velada fue Gergiev. No sé cuántos conocerían, al comenzar el concierto, quién es este ruso en el ámbito actual de las batutas mundiales. Sin excentricidades ni un gesto de más, llevó la obra, tremenda, con segura musicalidad, férrea en el compás la primera, sin batuta la segunda. Excepcional y elegante, sin agobios, sin escorzos.

No quedamos sin saber qué cantante ponía voz a cada uno de los ocho personajes. Pero, sin informes bajo manga, consta que un coro de casa puede cantar aquí con un general que trae su tropa.

 

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