Medio: ABC. Por Pablo Meléndez-Haddad
Fecha: 20 de diciembre de 2009
Una salva de aplausos saludó la versión furera de los «Carmina Burana», espectáculo que puso de manifiesto que el escenario de L´Auditori da para mucho. Con un entregado Alejandro posada en el podio, quien concertó con eficacia y entusiasmo a una Sinfónica de Castilla y León obediente y resolutiva y a un impecable Orfeón Pamplonés, bien equilibrado en todas las cuerdas y sin estridencias en los agudos, la rueda de la fortuna de la popular cantata profana giró ahora con la fuerza de la imaginería de La Fura dels Baus. Carles Padrissa propuso un resumen de sus últimos trabajos en las lides operísticas. El público que no ha visto ni su «Orfeo» ni su «Oro del Rin», por citar dos ejemplos, habrá flipado con las proyecciones, la grúa o el cubo-piscina transparente, incluso con los salpicones al público de las primeras filas. Quienes ya lo han visto constataron que tanto Padrissa -como Chu Uroz, en el vestuario-, necesitan de nuevas ideas.
La aventura narrativa de de David Cid y Sagar Fornies camina por rutas muy diferentes de las que explican unos textos que, como dice Padrissa, hoy son tan actuales como hace casi mil años. Ni el mensaje ecologista ni los intentos más literales de, por ejemplo, el «Amor volat undique» acaban de funciona (aquí se ve más el tramoya que a la soprano), en cambio, otros momentos el espectáculo funciona, y mucho, como cuando se inclinaba el cilindro.
Los solistas, con tanto movimiento, vieron perjudicada su entrega. La soprano Amparo Navarro tuvo que acudir al grito en el crucial «Dulcissime» después del paseo en grúa, mientras que el barítono Thomas Bauer, de interesante material vocal y esmaltado timbre, no controló los ascensos al falsete. Xavier Sabata proyectó sin problemas su parte, mejor en la voz de cabeza que en la de pecho.
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