Medio: Diario de Noticias.
Fecha: 15 de junio de 2010
Intérpretes: Orquesta Sinfónica de Navarra. Orfeón Pamplonés (director: Igor Ijurra. Nerea Berraondo, mezzosoprano). María Espada, soprano, como Gabriel. Gustavo Peña, tenor, como Uriel. José Antonio López, bajo, como Rafael. Dirección: Ernest Martínez Izquierdo. Programa: La Creación de F.J. Jayán. Programación: Ciclo de la Orquesta de Navarra. Lugar y fecha: Auditorio principal del Baluarte. 10 de junio de 2010. Público: lleno.
Magnífico cierre de curso de la Sinfónica de Navarra. Una obra grande, atractiva, del gran repertorio sinfónico-coral, que pone a prueba a las instituciones musicales de casa. Una obra poderosa para provocar emoción, evocaciones de historias sagradas, solemnidad, e, incluso, trascendencia a lo meramente estético. Un monumento sonoro que, si se hace bien, nos envuelve como una catedral luminosa y excelsa. Y, lo cierto, es que todos los implicados en esta versión dirigida por el titular de la orquesta lo hicieron bien. Muy bien. Con disciplina, precisión y asimilación total de la lectura, ágil, muy personal, de vuelo clásico, del director. Martínez Izquierdo propone una visión de la sublime partitura de Haydn alejada del grosor romántico. Imprime un tempo, sobre todo a la masa coral y orquestal, que obliga a los intérpretes a soltar el fraseo; sin por ello atosigar la narración. Este tempo es más asentado en los recitativos, para que conserven todo su énfasis, y, por supuesto en el largo del caos inicial. La decisión en las entradas y principios de sección, el extremado cuidado en la transparencia de las fugas, los delicadísimos matices en piano, la silbante y muy buena pronunciación, los fragmentos de exaltación luminosos, el respetuoso y mullido acompañamiento a los solistas, la rotundidad en los acentos pedidos desde la batuta, fueron virtudes exhibidas por el coro durante toda la tarde. En muchos tramos se pedía el matiz staccato sobre el legato, es discutible y va en gustos, pero el coro fue disciplinado con esa dirección. No se hizo nunca el remolón, ni fue pesante. La tercera parte, con el acompañamiento al dúo de Adán y Eva y el esplendoroso final, me pareció de referencia. Por homogeneidad, volumen brillante pero no chillón, y alegría expresiva. Sigue presumiendo el Orfeón de un muy bello timbre en tenores, unos bajos a los que se les oyeron graves importantes, unas altos a la altura, y unas sopranos que se mueven mejor en el matiz piano que en los fuertes.
La orquesta, magnífica, cubrió todo de hermoso sonido, pero sin agobiar a nadie. Demostración de matices extremos: del pianísimo al fuerte. Preciosidades en los subrayados y comentarios a los recitativos -sobre todo los del bajo-, intervenciones solistas precisas en las maderas. Todo muy cuidado.
La soprano María Espada posee una voz generosa y brillante. Casi pecó de generosidad de volumen al principio. En realidad el criterio de oratorio tiende un poco al recogimiento. Bordó sus intervenciones en el último tercio de la obra, con unas aperturas a partir del piano emocionantes y muy delicadas, que luego recogía en perfecto y sosegado fraseo. El tenor Gustavo Peña se mueve con una seguridad vocal pasmosa, también muy bien timbrado, de pegada amplia. Con amplio volumen. Buen fraseo y homogeneidad en toda la escala. José Antonio López en el rol de Rafael, fue, a mi juicio, el más expresivo. Sus recitativos eran matizados en cada frase. Muy creíble su mensaje. Su fraseo se acomodaba bien en un legato donde la media voz, algodonosa y redonda, tramitaba unos pianos y unos fuertes -siempre de oratorio- enfáticos y rotundos. Un terceto a la altura de la obra.
Ernest hace su versión. Y es consecuente con lo que plantea. No da bandazos, ni apetece de opulencias. El clasicismo de Haydn admite lecturas más barrocas o más románticas, y, esta, es muy bella y elegante. Y con la magnífica idea de dar la obra toda seguida. Merece la pena esa inmersión total, sin cortes. Una tarde gloriosa.
Y una súplica. Por Dios, con lo caro que es el alquiler del Baluarte, podía ofrecer el servicio de la traducción simultánea de estos grandes oratorios. Y la mejor, esa que hay en el idioma original de la partitura, en castellano y en euskera.
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